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lunes, 22 de junio de 2009

Proyecto Iberoamericano de Divulgación Científica


Proyecto Iberoamericano de Divulgación Científica

José A. López Cerezo/OEI-AECID/DICYT

Es difícil exagerar la importancia de la ciencia en el mundo actual. La sociedad del conocimiento, la edad de la información, la economía de la innovación, son frases de moda que podemos encontrar en documentos políticos, literatura especializada y los medios de comunicación más diversos.

No son términos vacíos: hacen referencia a las nuevas realidades y potencialidades del mundo contemporáneo, donde la ciencia y la tecnología se han convertido en fundamento de la productividad, de las políticas públicas e incluso han cobrado un papel protagonista en la experiencia personal. Se trata no obstante de un mundo que tiene un lado más sombrío, el lado de los riesgos y de las amenazas.

Crisis y amenazas como las de las vacas locas, petroleros a la deriva, centrales nucleares mal conservadas o el cambio climático también ponen periódicamente de manifiesto el lugar central que, para bien o para mal, ocupa hoy conocimiento científico y el desarrollo tecnológico en nuestra sociedad.

El extraordinario poder preventivo que ofrece la ciencia, y las crecientes posibilidades de manipulación que hace posible la acción tecnológica, ha transformado los peligros del pasado en los riesgos actuales, sustituyendo las desgracias inevitables de entonces por daños reales o potenciales que producen indignación y son objeto de atribución de responsabilidad.

Pero no sólo ante posibles daños catastróficos se manifiesta el valor del conocimiento en la conducción de nuestras vidas. Al tomar una aspirina, conducir un coche, encender un ordenador, decidirnos por la ternera en el supermercado, o pedir un refresco light, hacemos uso cada día de enormes volúmenes de información técnica sobre las propiedades de ciertas sustancias, sobre sus riesgos y beneficios, sobre el funcionamiento de sistemas técnicos y otros muchos elementos del entramado científico-tecnológico en el que hoy se desenvuelven necesariamente nuestras vidas. Sobre esa información, en ocasiones contradictoria y con frecuencia incierta, tomamos las decisiones que paulatinamente van construyendo nuestro futuro. Son facetas de lo que hoy se conoce como “sociedad del riesgo”: el lado oscuro de la también conocida como “sociedad del conocimiento”. El mismo conocimiento que hace posible vivir un futuro abierto de posibilidades tecnológicas es el que genera un mundo nuevo de amenazas, aunque se trata de amenazas, irónicamente, con frecuencia identificadas por esa misma ciencia y a las que sólo ésta puede hacerles frente con ciertas expectativas de éxito.

Es este estado de cosas, la presencia y extensión de esas sociedades del riesgo y el conocimiento, el que hace hoy de la ciencia un elemento clave para el ejercicio de la ciudadanía. Muchos de los asuntos públicos más candentes, y un gran número de acciones y decisiones de la vida cotidiana, están relacionados directamente con los usos del conocimiento científico o con impactos del desarrollo tecnológico.

La telefonía móvil, Internet, la aviación comercial o las agendas electrónicas son aspectos llamativos de la presencia de la ciencia en nuestras vidas; pero también la televisión, la planificación de dietas, la visita al médico, el desplazamiento en metro, el consumo de agua clorada o simplemente el uso de tejidos sintéticos al vestirnos, tan familiares ya como el decorado de nuestras casas. No son fenómenos social o individualmente inevitables; son simplemente expresiones del camino que la ciencia y la tecnología están siguiendo de hecho. El riesgo no es el precio del progreso, es el peaje que pagamos por las opciones que elegimos para el desarrollo. Si no nos gusta todo lo que vemos, cambiémoslo pero no demos la espalda al presente. Vivir de espaldas a la ciencia es renunciar al juicio propio en los asuntos públicos e incluso al protagonismo de nuestras propias vidas, es vivir en los márgenes de la democracia y optar por el sonambulismo.

18 de junio de 2009

Reproduzido por Jacob (J.) Lumier

Fonte: Web da OEI

Conceito de cultura científica e sua influência na forma de divulgação científica


Há um conceito bastante difundido de que cabe à divulgação científica preencher uma lacuna de informação que o leigo não tem em relação à ciência, isto é, que o leigo é, portanto, analfabeto cientificamente. Por isso os norte-americanos chamam essa atividade de scientific literacy, que é alfabetização científica, isto é, tornar, portanto, o leigo informado das questões da ciência.

A partir de surveys e enquetes sobre essa questão, notaram que também nos Estados Unidos o percentual da população que tinha informação sobre muitas questões, eventos ou fatos científicos era relativamente pequeno. Esse déficit de informação - teoria do déficit - orientou durante muito tempo as atividades de divulgação. O que cabia à divulgação científica? Cabia suprir o déficit de informação da população leiga em relação à ciência. Portanto, considerava-se como pressuposto que a população leiga era ignorante do ponto de vista científico e era preciso então levar a ela o conhecimento.

Com o decorrer das atividades em vários países, na Inglaterra, na França, na Europa de modo geral, e com o reflexo disso em países como o Brasil, essa teoria do déficit foi sendo substituída por uma visão mais democrática do papel da divulgação científica. Nessa visão, não cabe à divulgação científica apenas levar a informação, mas também atuar de modo a produzir as condições de formação crítica do cidadão em relação à ciência. Não só cabe à divulgação a aquisição de conhecimento e informação, mas a produção de uma reflexão relativa ao papel da ciência, sua função na sociedade, as tomadas de decisão correlatas, fomentos, aos apoios da ciência, seu próprio destino, suas prioridades e assim por diante. Isso vai além da atitude inicial, na qual o cientista era o sábio, o cidadão era o ignorante e o jornalista científico ou divulgador da ciência era o construtor da ponte entre essas figuras, de maneira a suprir o tal déficit de informação. Essa visão foi sendo enriquecida.

E, na Inglaterra, desenvolveu-se o que se chama public understanding of science, que é diferente do scientific literacy, do ponto de vista americano e, em seguida, um conceito que é ligado ao primeiro, mas um pouco diferente, que é o public awareness of science. Um é o entendimento público de ciência, e o outro é a consciência pública da ciência.

Nesses casos, o que está sendo enfatizado não é só a aquisição da informação, a possibilidade de acesso à informação, mas a formação do cidadão no sentido em que ele possa ter opiniões e uma visão crítica de todo o processo envolvido na produção do conhecimento científico com sua circulação e assim por diante. Esse é um conceito relacionado à cultura científica que modifica os modos de se fazer e pensar a própria divulgação.


Leia o texto completo em revista ComCiência

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